SECCION 3 >
ENFERMEDADES CARDIOVASCULARES
CAPITULO 26
Aterosclerosis
Arteriosclerosis es un término general que
designa varias enfermedades en las que se produce engrosamiento y pérdida
de elasticidad de la pared arterial. La más importante y la más
frecuente de estas enfermedades es la aterosclerosis, en la que la materia
grasa se acumula debajo del revestimiento interno de la pared arterial.
La aterosclerosis afecta a las arterias del
cerebro, el corazón, los riñones, otros órganos
vitales y los brazos y las piernas. Cuando la aterosclerosis se desarrolla
en las arterias que alimentan el cerebro (arterias carótidas),
se puede producir un ictus; cuando se desarrolla en las arterias que
alimentan el corazón (arterias coronarias), se puede producir
un infarto de miocardio.
En la mayoría de los países occidentales,
la aterosclerosis es la enfermedad más frecuente y la causa principal
de muerte, representando el doble de las muertes por cáncer y
10 veces más que por accidentes. A pesar de los significativos
avances médicos, la enfermedad de las arterias coronarias (que
es producida por la aterosclerosis y causa los infartos) y el ictus
aterosclerótico son responsables de más fallecimientos
que todas las demás causas juntas.
Desarrollo de la aterosclerosis
La aterosclerosis comienza cuando los monocitos
(un tipo de glóbulos blancos) que se hallan en la circulación
sanguínea, entran en la pared arterial y se transforman
en células que acumulan materias grasas. Esta situación
provoca un engrosamiento en algunas zonas (placas) del revestimiento
interno de la pared arterial.
|
 |
Causas
La aterosclerosis se inicia cuando unos glóbulos
blancos llamados monocitos migran desde el flujo sanguíneo hacia
el interior de la pared de la arteria y se transforman en células
que acumulan materias grasas. Con el tiempo, estos monocitos cargados
de grasa se acumulan y producen engrosamientos irregularmente repartidos
por el revestimiento interno de la arteria. Cada zona de engrosamiento
(llamada placa aterosclerótica o ateroma) se llena de una sustancia
blanda parecida al queso, formada por diversas materias grasas, principalmente
colesterol, células musculares lisas y células del tejido
conjuntivo. Los ateromas pueden localizarse en cualquier arteria de
tamaño grande y mediano, pero, por lo general, se forman donde
las arterias se ramifican (presumiblemente porque la turbulencia constante
de estas zonas, que lesiona la pared arterial, favorece la formación
del ateroma).
Las arterias afectadas por la aterosclerosis pierden
su elasticidad y, a medida que los ateromas crecen, se hacen más
estrechas. Además, con el tiempo los ateromas acumulan depósitos
de calcio que pueden volverse frágiles y romperse. Entonces,
la sangre puede entrar en un ateroma roto, aumentando su tamaño
y disminuyendo todavía más la luz arterial. Un ateroma
roto también puede derramar su contenido graso y desencadenar
la formación de un coágulo sanguíneo (trombo).
El coágulo estrecha aún más la arteria e incluso
puede ocluirla o bien se desprende y pasa a la sangre hasta llegar a
una arteria más pequeña, donde causará una oclusión
(embolia).
Síntomas
Por lo general, la aterosclerosis no produce
síntomas hasta que no estrecha gravemente la arteria o causa
una obstrucción súbita. Los síntomas dependen del
lugar donde se desarrolla la aterosclerosis: el corazón, el cerebro,
las piernas o casi en cualquier parte del organismo.
Dado que la aterosclerosis disminuye de manera importante
la luz de una arteria, las zonas del organismo que ésta alimenta
pueden no recibir suficiente sangre y, en consecuencia, el oxígeno
necesario. El primer síntoma del estrechamiento de una arteria
puede ser un dolor o un calambre en los momentos en que el flujo de
sangre es insuficiente para satisfacer las necesidades de oxígeno.
Por ejemplo, durante el ejercicio, una persona puede sentir dolor de
pecho (angina), debido a la falta de oxígeno en el corazón;
o mientras camina, pueden aparecer calambres en las piernas (claudicación
intermitente), debido a la falta de oxígeno en las extremidades.
Estos síntomas se desarrollan gradualmente a medida que el ateroma
constriñe la arteria. Sin embargo, cuando se produce una obstrucción
súbita, los síntomas aparecen inmediatamente (por ejemplo,
cuando un coágulo sanguíneo se enclava en una arteria).
Factores de riesgo
El riesgo de desarrollar aterosclerosis aumenta
con la hipertensión arterial, los altos valores de colesterol,
el tabaquismo, la diabetes, la obesidad, la falta de ejercicio y la
edad avanzada. Tener un pariente cercano que ya ha desarrollado aterosclerosis
a una edad temprana también aumenta el riesgo. Los varones tienen
un riesgo mayor de padecer esta enfermedad que las mujeres, aunque después
de la menopausia el riesgo aumenta en las mujeres y finalmente se iguala
al de los varones.
Las personas con homocistinuria, una enfermedad
hereditaria, desarrollan ateromas con gran facilidad, sobre todo en
edad juvenil.
La enfermedad afecta a muchas arterias pero no las
arterias coronarias que alimentan el corazón. Por el contrario,
en la hipercolesterolemia familiar hereditaria, los valores extremadamente
elevados de colesterol en la sangre provocan la formación de
ateromas en las arterias coronarias mucho más que en las otras
arterias.
Prevención y tratamiento
Para prevenir la aterosclerosis, se deben
eliminar los factores de riesgo controlables, como los valores elevados
de colesterol en la sangre, la presión arterial alta, el consumo
de tabaco, la obesidad y la falta de ejercicio. Así, dependiendo
de los factores de riesgo específicos de cada persona, la prevención
consistirá en disminuir los valores del colesterol, disminuir
la presión arterial, dejar de fumar, perder peso y hacer ejercicio.
Afortunadamente, tomar medidas para llevar a cabo algunos de estos objetivos
ayuda a llevar a cabo los otros. Por ejemplo, hacer ejercicio ayuda
a perder peso, lo cual a su vez ayuda a disminuir los valores del colesterol
y de la presión arterial. Del mismo modo que dejar de fumar ayuda
a bajar los valores del colesterol y de la presión arterial.
El hábito de fumar es particularmente peligroso
para las personas que ya tienen un riesgo elevado de sufrir enfermedades
cardíacas. Fumar cigarrillos disminuye la concentración
del colesterol bueno o colesterol con lipoproteínas de alta
densidad
(HDL) y aumenta la concentración del colesterol malo o colesterol
con lipoproteínas de baja densidad (LDL). El colesterol también
aumenta el valor del monóxido de carbono en la sangre, lo que
puede incrementar el riesgo de lesiones del revestimiento de la pared
arterial y además contrae las arterias ya estrechadas por la
aterosclerosis y, por tanto, disminuye la cantidad de sangre que llega
a los tejidos. Por otra parte, fumar aumenta la tendencia de la sangre
a coagularse, lo que incrementa el riesgo de enfermedad arterial periférica,
enfermedad de las arterias coronarias, ictus y obstrucción de
un injerto arterial tras una intervención quirúrgica.
El riesgo que tiene un fumador de desarrollar una
enfermedad de las arterias coronarias está directamente relacionado
con la cantidad de cigarrillos que fuma a diario. Las personas que dejan
de fumar tienen la mitad del riesgo de los que siguen fumando (con independencia
de cuánto hayan fumado antes de abandonar el hábito).
Dejar de fumar también disminuye el riesgo de muerte tras una
cirugía de revascularización coronaria (bypass) o de un
infarto. También disminuye la incidencia de enfermedades en general
y el riesgo de muerte en pacientes con aterosclerosis en arterias distintas
de las que alimentan el corazón y el cerebro.
En definitiva, el mejor tratamiento para la aterosclerosis
es la prevención. Cuando la aterosclerosis se vuelve lo suficientemente
grave como para causar complicaciones, se deben tratar las complicaciones
mismas (angina de pecho, infarto, arritmias, insuficiencia cardíaca,
insuficiencia renal, ictus u obstrucción de las arterias periféricas).